viernes, 27 de enero de 2012

Quizá mejor ya no

Quizá mejor ya no

Tanto la he llamado, tanto
he suplicado su asistencia
que ahora,
cuando apenas si tengo ya voz para llamarla,
casi lo que mas temo es que al fin venga.

No me vuelva a dar la vida.


domingo, 6 de noviembre de 2011

Difícil recordar el paso de los años

  •  Era extraño ya. Se hacía más difícil celebrar el aniversario que recordarlo. J. sabía que ésta podía ser su última velada para volver a hacerla mujer, si es que una mujer se puede hacer y deshacer. Llevaba en el cuerpo tres pastillas azules y los minutos suficientes como para notar una pequeña iniciativa carnal desconocida, no tanto por novedosa sino por olvidada. Aprender es recordar, pensaba J., aprender es recordar. 
  • Las velas, dos, estaban enfrentadas delante de los comensales. K. estaba radiante, como acostumbraba en este tipo de citas. Intachable. El rito se repetía cada año, puntualmente. Cada vez con más frecuencia, le parecía a K. Acudía temprano a la peluquería y buscaba alguna excusa para no comer en casa. Los primeros años, cuando volvía a la hora del café le esperaban unas flores o una carta o cierto amor escondido entre las sábanas. Con el tiempo, J. le fue dando menos importancia y ya no pedía el día libre aunque argumentaba que no se lo daban porque ya no le salía rentable a la empresa y le hacían la vida cada vez más difícil. K. no comprendía bien a qué se refería con una vida más difícil. Le fallaba el término comparativo: no podía ser más difícil que la que cargaban los dos todas las noches. Aquella que cargaban también al despertar, al ir a la compra o al leer el periódico. Después se pasaba la tarde delante del espejo probando el nuevo maquillaje, echándose cremas y vistiendo y desvistiendo su cuerpo, que conservaba aún una forma estilizada.
  • Para la cena no había un patrón fijo. K. recordaba, sin nostalgia alguna, aquellas jornadas en las que echaban marcha atrás con la puerta de la casa abierta y se recluían sin cenar en aquella habitación practicando (redescubriendo) el rito de la intimidad. Si preguntásemos a J. probablemente hablaría de reservas en pequeños hoteles con menos encanto del anunciado y de delicadas cenas en varios de los restaurantes más elegantes de la ciudad. Esta vez fueron al restaurante donde se conocieron. Fue una cena agradable, salvo por el silencio que reinaba entre los dos. No es que no quisieran hablar o que no supiesen amoldarse al silencio del otro, simplemente, se comunicaban que no sabían comunicarse. No era tan incómodo como resultaría a cualquier otra pareja.
  • De vuelta a la casa, con la noche entrada ya en su misticismo, teníamos a J. con aquella iniciativa debida a los estupefacientes y a K. con una cierta disposición a entregarse y a saciar la anómala necesidad de su pareja. K. no disfrutaba ya del hecho, de la consumación del amor sino de la rutina, del recuerdo de la repetición. No es que sintiese un intenso placer en el orgasmo (si es que no lo fingía) sino que volvían a la mente momentos de confianza, de alegría y de seguridad en esos instantes donde innovar era decepcionar y repetirlo todo, paso a paso, era acertar pues se vivía la ficción de tiempos mejores.
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  • J. recordaba las últimas palabras de su madre. Tenía dieciséis años. No adelantes, L., que es peligroso. No recordaba mucho más. Era mucho más intenso en su mente aquel recuerdo que en el hospital cuando le acercaron la cama de K. a la suya y el doctor comentó:  
                 - Vuestro padre murió en el acto. Vuestra madre murió aquí, no se pudo hacer nada. 
  • No olvidarían muchos años después a los tres psicólogos que escoltaban al doctor esperando que gritaran o cayeran o lloraran abrazados. Aquello no ocurrió así. Se dieron la mano y asintieron. Cuando les dejaron a solas J. le dijo a su hermana que él le cuidaría, que nunca le dejaría sola, que él no pensaba adelantar a nadie. K. tenía 12 años.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Quería comprarme una pluma para pintarme una jeringuilla

 El otro día se me cayó mi pluma al suelo. Es una pluma bonita (5.25 €), hortera (rosa) y a la que tengo mucho cariño (una semana de cariño). Como comprenderéis, porque cualquiera entiende a la gravedad, la pluma se estrelló contra el suelo y se deformó. Ahora tengo una pluma bonita, hortera y a la que tengo mucho cariño porque es deforme.

 Y hoy es un día triste porque he ido a comprarme una nueva pluma intentando que fuese lo más parecida a la anterior. Me he sentido como a aquél que se le muere su perro, su mejor amigo, y va a comprarse uno diciéndole a todo el mundo que así tiene a alguien que le haga compañía. Pero él sabe, yo sé, tú sabes, nosotros, ellos, TODOS saben que lo que quiere es uno que haga exactamente lo mismo que el anterior. Sit! y se sienta. Shit! eso no es tan fácil.

 Así que he ido a la papelería a comprarme una pluma para pintarme una jeringuilla en el corazón, unas tijeras en las venas y un pene muy cerca del pezón. Y he preguntado por una pluma para pintar. De escribir. Pero no me han hecho caso porque una señora quería un libro de una tal Ybarra, de poemas, que lo leyó en un suplemento. Pero en una papelería sólo tienen novelas y libros para adelgazar. Y las dependientas le  han dicho que de poesía sólo han tenido a Gloria Fuertes y que ya ni eso. Y era tan gracioso que las dependientas rieron; mientras yo buscaba una pluma para pintarme una jeringuilla; mientras la señora preguntaba si entonces lo podía encargar. Finalmente despidieron a la señora diciéndole que estaba hecho el pedido y que en un par de días se pasara que le confirmarían si se lo podían conseguir.

 Cuando se cansaron de reír y de desatenderme, me atendieron. Me sacaron todas las plumas de la tienda, que no eran más de seis. Eran cinco. Cuatro de veinte euros y una de cuatro euros y setenta céntimos. Pero yo no podía dibujar mi umbría pena con una pluma de veinte euros (porque sólo llevaba once) y comprarme una pluma más barata que la recién deformada me parecía de un cinismo inadmisible. Conforme hacía tiempo pensando en si irme directamente o seguir haciendo como que tenían una gran gama de plumas donde elegir, las dependientas se pusieron a hablar de que no le iban a encargar el libro, que era poesía y encima sólo nueve euros. Y no es por el precio decían.

 Entonces acabé por comprarme un bote de tinta negra, de un negro muy muy negro para tatuarme con mi pluma deformada unas tijeras en el corazón o un poema en mi pezón.